Palabras, palabras, palabras. Vivimos en una sociedad plagada de palabras. Palabras grandes, altisonantes, melosas, promesas extraordinarias y vacías, justificaciones por doquier. Ya no son importantes por el sentido que contienen sino que valen por sí mismas, como sonido, como fachada.
La palabra “amor” y la palabra “amistad” de tanto usarlas se han gastado, para que vuelvan a ser confiables se deben usar los brazos y abrazar fuerte, es el antídoto contra la soledad.
Un abrazo puede diluir la tensión más excarbada, un apretón en el hombro puede vencer cualquier desesperanza, un toque cariñoso de una mano en un rostro, dice más que todos los “te amo, estoy aquí y te apoyo” que pueda decir una boca. Y no sólo es el que recibe quien se ve beneficiado. Quien da un abrazo, quien usa su cuerpo para expresar afectos, también está trabajando a favor suyo. Acariciar, acoger, son actos que por algún proceso alquímico ayudan a ser feliz.
Pocas personas pueden controlar la reacción autómatica frente a un abrazo sorpresa. Se sabe cuando un beso es un beso amoroso, un beso fraternal de amigos, de amigas o cuando es el beso de judas y difícilmente podemos evitar el deseo de tocar a quienes queremos, porque el cuerpo, la piel nos activa a ello, con su fuerza llena de sentidos verdaderos y poderosos.
Las manos son ojos que ven lo inmediato, lo certero, sienten la energía y el ánimo de lo que tocan y nunca mienten. La piel se rinde frente a un toque fraterno y por el contrario se retrae incondicionalmente frente a un indeseado. El sentido del tacto no tiene dobleces, no sabe de intereses. Por algo los enemigos hablan, pero nunca se tocan.
Las palabras se pueden manipular pero la piel se resiste a falsedades.
Hay que derruir los diques entonces, cualquier barrera que evite el sano y natural flujo espontáneo de las caricias. Que vengan y vayan, dejando a su paso regueros de sonrisas, de bienestar, de humanidad, que dejen bien marcada en los cerebros de quienes amamos, esa impronta feliz, imborrable. El amor que se expresa con el cuerpo es amor confiable y duradero, amor primigenio e inexpicable en la memoria de los hombres.

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